Construyendo un sueño II

Construyendo un sueño II

Tras el derroche de ilusión de la primera fase, la definición de la idea, la realidad obliga a poner los pies en la tierra y ¡cómo no! comenzar a lidiar con los problemas, o piedras, del camino.

Una de las primeras decisiones que queríamos tomar era la forma jurídica de la empresa que, como ya mencioné, se debía enmarcar entre las permitidas por la Economía Social. La realidad es que a día de hoy aun no sabemos cuál elegir aunque, eso sí, ¡nos estamos acercando!

Según el asesoramiento recibido en una fundación que fomenta la Economía Social, las formas jurídicas que ésta permite son Cooperativas o Sociedades Laborales. Dentro de cada una hay varios tipos. Concretamente las Cooperativas están reguladas por normativa autonómica, por tanto, en cada autonomía serán diferentes.

Sociedades Laborales (que pueden ser Sociedades Anónimas Laborales o Sociedades Limitadas Laborales) son una forma jurídica que se encuentra entre el modelo capitalista y el cooperativo. Es decir, en ellas el capital tiene mayor peso que el trabajo, así, el derecho a voto y los beneficios se reparten en función de la inversión realizada. Sin embargo, el trabajo también es un pilar fundamental ya que, como mínimo, 2 de los 3 socios necesarios para su constitución han de ser trabajadores de la empresa.

Este concepto ya, de entrada, no me gustó. Quiero alejarme del modelo capitalista. El capital no es importante, sólo es dinero y no puede estar por encima de las personas, de su trabajo, capacidad y esfuerzo. La descarto, ¡seguimos!

Las Cooperativas. De entre los tipos existentes nos interesa una que sólo agrupe trabajadores (también podría constar de consumidores, pero no es nuestra idea), por tanto, nos interesa una cooperativa de trabajo asociado, donde todos los socios son trabajadores. Además, los socios podemos estar en régimen autónomo o en régimen general. Pero (el temido pero) resulta que tanto su constitución como su mantenimiento requieren ciertos esfuerzos. La constitución ha de ser ante notario (lo cual supone entre 300 y 500€) y debemos contratar a una asesoría que gestione nuestras cuentas y facturas ya que la contabilidad se hace en base al Plan General Contable. Esto supone mayor complicación que la contabilidad habitual de una empresa y, por ello, las asesorías cobran más.

Bien, he aquí nuestro primer gran problema sobre la forma jurídica a adoptar. El Plan de Viabilidad que hemos hecho prevé escasos imprevistos (valga la redundancia), incluir estos gastos supone partir con un déficit en los primeros meses de la empresa. ¿Qué hacemos? ¿Pedimos un préstamo? Nuestra idea es evitarlo a toda costa y, de este modo, si no funciona, sólo perdemos lo que tenemos, no contraemos deudas que no sabemos cómo pagaremos.

Los recursos económicos limitados hacen que tengamos que centrar los gastos en el material vegetal y las infraestructuras que requieran. Lo más importante es asegurar la obtención de un producto de calidad y venderlo, obviamente. Esto es lo que permitirá que generemos ese autoempleo que queremos.

Pero la historia no termina aquí, los gastos en Seguridad Social mensual son elevados especialmente si estamos en Régimen General. Así que decidimos seguir recibiendo asesoramiento de todos aquéllos que se ofrecen a prestarlo.

Y, de repente, un día cualquiera, en un lugar cualquiera, sin esperarlo siquiera, la empatía se abre paso y comienzas a hablar con alguien que no conocías y que, sin pretenderlo, te hace reflexionar… En ocasiones una simple pregunta puede derribar los muros que uno mismo ha construido. Esta pregunta fue: “¿ Por qué quieres una cooperativa y no otra forma jurídica?” Y continúa con: “La justicia sólo depende de vosotros, de cómo hagáis las cosas, de cómo trabajéis día a día. Si me dices que tenéis poco dinero, ¿por qué invertir esa suma en una forma jurídica predefinida, supuestamente, “ideal”? En todo caso podéis hacerlo más adelante, cuando recuperéis la inversión.”

Las palabras quedaron grabadas en mi cabeza. ¿Cómo algo que puede parecer obvio me resultaba tan… inaceptable? ¡Claro! El cambio está en nosotros mismos, en nuestro modo de pensar, actuar y vivir. El hecho de que desde la administración sólo se considere Economía Social un determinado tipo de forma jurídica no significa que nosotros no podamos hacer nuestra propia Economía Social y apliquemos los principios de participación, equidad, solidaridad, sostenibilidad y compromiso social con cualquier forma jurídica. Los roles administrativos son un juego que hay que ir sorteando y amoldando a nuestras necesidades, sin perjudicar a nadie en el camino, obviamente. Y me di cuenta de que tenía razón.

Así que ahí estamos, valorando otras formas jurídicas más fáciles de gestionar y que supongan menor coste de adopción. Y, mientras, ya hemos preparado el terreno, estamos haciendo el Plan de Empresa, buscando proveedores, lidiando con el Ayuntamiento por los permisos para la instalación de un pequeño invernadero (esto merecería un capítulo aparte: La Administración y sus infinitas trabas…), consolidando nuestra relación como socios y, lo más importante, disfrutando del proceso, aprendiendo cada día, manteniendo la ilusión y agradeciendo el cariño y apoyo que cada día recibimos de much@s de vosotr@s. ¡Gracias!

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